miércoles, 26 de octubre de 2011

Las miradas no rompen las barreras del maquillaje


Pum, pum. Esta vez notaba demasiado el irregular latido de su corazón. Así era ella... algo cobarde. Pum, pum. Ahora, era peor, lo notaba rápido, indeciso, fugaz. Ella era algo así, era indecisa, con sus sentimientos, con lo que pensaba. Siempre que hablaba lo hacía con el corazón en un puño; siempre esparaba el rechazo, no la comprensión.
Y luego le invadía el miedo.
Venía de noche, con la oscuridad, con lo pasado, con el recuerdo. Y se afferraba a ella en un futuro que veía demasiado lejano, demasiado incierto... demasiado nublado. Tan nublado como aquellos días de otoño que no le sentaron bien. Como esos días de lluvia que se llevaron una pequeña parte de ella.
Pero a pesar de todo lo malo luego venía "el ella" de sonrisa por la mañana, de ganas de sentir, de vivir, de ser feliz. Venían ella y sus más de cien motivos para sonreír en unos de esos días que acompañan al mal humor.
Siempre reconoció que era tremendamente cobarde.
Que no sabía nada, pero que le gustaba aprender.
No sabía finjir nada, no sabía ser de otra forma. Llegaba, se presentaba y se mostraba tal cual. Tenía unos ojos tan expresivos como sus gestos.
Ella se veía mejor hablando de sí misma en tercera persona, decía que era más fácil desde los ojos de otro.
Ella... ella estaba en mí demasiado.

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